
Por Víctor Fausto Silva D.
Sin telarañas en la cabeza - porque además no aparecemos en ella- pero sí a manera de respuesta a lectores que nos han pedido pronunciarnos al respecto, habría que ponderar varias cosas sobre la bautizada “lista de la ignominia” o de presuntos periodistas “chayoteros” al servicio del régimen en turno:
1.- No es nuevo ni nada del otro mundo que los gobiernos de cualquier nivel celebren contratos y/o convenios publicitarios con medios de comunicación.
Son legítimos, partiendo de la base de que todo gobierno está obligado a informar a los ciudadanos sobre lo que hace e incluso de lo que está por hacer, para someter al escrutinio público decisiones que terminarán por afectar a todos o a determinados segmentos sociales.
Obviamente, si para lograr una comunicación masiva se recurre a medios particulares que también de manera legítima viven de la venta de espacios, debe pagar por ellos. Eso no debería escandalizar a nadie: en un ejemplo simplón, es como rentarle sillas o mesas a un particular para cualquier evento de gobierno.
2.- El problema se da cuando se llega a la tenue rayita que divide lo necesario, lo justo y lo proporcional con el abuso, el gandallismo o el reparto de prebendas económicas sin más criterio ni medida que el amiguismo o la afinidad ideológica.
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Durazo: Beneficiario |
Tan malo es que un dizque comunicador pida las perlas de la virgen cuando no lo leen o escuchan ni en su casa, como que cualquier burócrata de medio pelo –sin conocimiento alguno en la materia- se arrogue el derecho de clasificar o desclasificar medios, extendiendo sugerencias para asfixiarlos y hasta para vetarlos, por el terrible error de que ejercen su derecho a la libre crítica.
Sin importar que el medio tenga una efectiva penetración masiva - y por ende favorable al objetivo de difundir el mensaje oficial- pasa a la lista negra por el pecado de no apoyar a ciegas a la causa, mientras a los leales –así nadie los “pele”- se les asignan generosas sumas.
Son éstos, como se pavonea pregonándolo uno al que en Hermosillo apodan “Lord Moleculito”, los que están “del lado correcto de la historia”. Cualquier otra consideración es ociosa e innecesaria: primero es la causa y la privilegiada manutención de sus jilgueros.
Fuera de que la lista de supuestos “chayoteros” sea o no oficial –tiene todos los visos de que sí-, aquí es donde subyace uno de los problemas torales que viene presentándose desde que López Obrador dividió a los mexicanos entre buenos y malos, y que no sólo terminó permeando hasta los comunicadores y los medios, sino acrecentando la intención de cooptar o transformar a los periodistas en propagandistas, so pena de ser vilipendiados y ejecutados desde el patíbulo de las mañaneras.
López Obrador nunca ocultó su apego a la regla maniquea y absolutista: “o están conmigo o están contra mí”.
No dejó márgenes a los grises o a los claroscuros, mucho menos de respeto a la inteligencia y capacidad de analizar y disentir de los demás: si no estás con la cuarta transformación, estás contra ella, y por ende, en riesgo y a un tris de ser considerado hasta traidor a la patria.
De ahí agarró tela el mentado “Lord Moleculito” –a quien sólo le falta tirarse de tapete en la mañanera- para acuñar su convenenciera frase sobre “el lado correcto de la historia”…y de los jugosos contratos que lo han llevado a vivir en una de las zonas residenciales más exclusivas de Hermosillo, codeándose con los “fifís”, mientras repite el mantra obradorista de “primero los pobres”.
Es curioso el péndulo que ha venido utilizando para colocarse “del lado correcto”, porque como modus operandi obtuvo también pingües ganancias en los sexenios de Guillermo Padrés y Claudia Pavlovich, de siglas tan diametralmente opuestas a las guindas que hoy ordeña.
De ese pelo los neo defensores del proletariado, los comunistas trasnochados que piensan como Carlos Marx, pero viven como Carlos Slim.
Este miércoles y a propósito del tema y de la lista, el veterano y avezado comunicador hermosillense Feliciano Espriella hizo una reflexión lapidaria, partiendo de lo que sería un paralelismo entre quienes se fajan duro para agenciarse un sueldo digno en empresas privadas y los que amasan fortunas a la sombra del poder:
“Un ejecutivo (de la IP) cobra por lo que produce. Un comunicador de esa lista cobra por lo que calla. Esa es toda la diferencia”.
De nuestra cosecha añadiríamos otras: una cosa es el periodismo histórico, el real, el profesional que escucha, respeta y da espacio a todas las corrientes y voces, y otra es la creciente intrusión de propagandistas y fanáticos disfrazados de periodistas, que no buscan informar, sino adoctrinar.
El periodista informa libremente –por ética debe hacerlo-, analiza y opina, ya sea favor o en contra de equis política o equis decisión gubernamental.
El propagandista, en cambio, está “casado” con una causa, ya sea por una natural simpatía o por razones ideológicas, generalmente radicales. Y si por un dogmatismo a ciegas es incapaz de ejercer la menor autocrítica hacia su visión de las cosas, mucho menos es capaz de emitir la menor crítica a un proyecto que no nada más siente como propio, sino que lo ve perfecto e infalible.
A eso le llaman ahora estar “del lado correcto de la historia”.
O sea, se asumen dueños de la sabiduría y la verdad absolutas, como si los demás mexicanos fueran un hatajo de imbéciles incapaces de informarse, analizar y discernir en qué le atinan y en qué le fallan sus gobernantes, que a final de cuentas deben ser considerados como lo que son: sus empleados.
Para eso los contrató por la vía directa del voto en las urnas o porque depositó en ellos la confianza para que a su vez se rodeen de colaboradores eficientes y capaces, que den resultados, no para que se ahoguen durante un trienio o un sexenio en la borrachera propia del poder, olvidando quién los llevó a él.
Tampoco los contrató para que, a su contentillo, dispongan de los recursos públicos para el “coco wash” masivo o para contratar propagandistas que les echen porras un día sí y otro también, en aras de escalar posiciones políticas.
Ahí es donde entra también la diferenciación entre los necesarios y justificados convenios publicitarios o de difusión informativa gubernamental, y las componendas que terminan por transformarse en desvío de recursos públicos por un lado y de sicariato periodístico por el otro.
En buen cristiano, de ahí vienen las “palomitas” o los taches como premios o castigos de la afamada lista, para los comunicadores que jalen con la causa y los que no, el “chayote”, pues, oficialmente desterrado por decreto de AMLO desde hace ya 8 años…pero igual desterró la corrupción y el huachicol, y ya ve usted en qué danzas andamos.
Vistas así las cosas, y de ser tal cual la lista de la ignominia –pero sobre todo los calificativos personalizados que contiene-concluiríamos que en el gobierno de Alfonso Durazo no desapareció el “chayote”: sólo cambió de administradores…y de beneficiarios.
Por supuesto, hay diferentes raseros y diferentes calibres: no es igual pagarle 100 mil pesos mensuales a “Lord Moleculito” –más viajes con viáticos a las mañaneras- que soltarle de sopetón 4.4 millones de pesos al comunista español (compañero de causa, pues) Pablo Iglesias.
No importa que ambos aparezcan palomeados como “colaborativo”, “afín al gobierno” y porque “ayuda en las mañaneras” o “golpea a los de enfrente”. Se trata, como diría el albañil, de que también en el sicariato propio del “periodismo militante” (y entre los “chayoteros”) hay niveles…
En ese contexto y en esa batahola, que cada quien – la mayoría optó por nadar de “muertito” y hacer mutis- se ponga el chaleco que mejor le acomode.

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